miércoles, 15 de enero de 2014
Es él.
Y ¿cómo no entiendes que me haya tornado de esta manera? ¿Cómo no entiendes? Si solo hay que mirarle para saber lo que me pasa...
Ya sé... ya sé... no hace falta que me digas nada.
Lo sé.
Es él.
Con eso basta.
Me basta.
Porque mírale... Todos su gestos se esculpieron en otro tiempo, ¿ó me lo vas a negar?
Y aquello de "ay sus manos", "ay sus ojos"... que de eso no me tienes que decir nada. Lo sé.
Me basta mirarle.
Que sí, que he memorizado todos sus pliegues, todos sus roces... y que sí, te los cuento cómo y cuando quieras y de memoria... Pero, por favor, ¡no me pidas que te describa sus lunares! Porque no acabaría nunca. Menos el que tiene en el labio superior... de ese sé mucho. Mucho más que todos... y que todas...
Que me enamoré de él, eso ya lo sabes. Pero lo que no te imaginas es que también amo sus torbellinos mentales, sus faltas de ortografía, sus recoloqueos en la silla cuando está inmerso en sus libros, el final de su espalda, toda su pureza (y su pereza también), el cómo se doblan sus dedos, su racionalidad (a veces)...
Esos guiños inesperados.
Su sonrisa.
Sus besos... ¡esos labios!
¿Sus abrazos? Los mejores de toda la historia. Mejores que los de Noah. Que los de Cassanova. Incluso que los de Romeo. Así que no me hables de felicidad si no te ha rodeado.
Entiéndeme.
Es él.
Él.
Me basta.
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