Estaba
en un día soleado de finales de verano, su sol amenazaba con esconderse y
dejarle en la oscura y fría noche. Le empezaron a despuntar unas nubes rosadas,
atisbando el anochecer, aunque todavía se podía ver en él gran parte del cielo azul.
Pasó el tiempo y poco a poco su cielo fue olvidando el color claro, olvidando
todos los pájaros que habían volado sobre él aquel día, todos los globos
fugitivos que quisieron separarse de alguien todavía vivo y con mil recuerdos
que crear, fue olvidando las oraciones y promesas hechas, el amor y el odio que
había a sus pies.
Su cielo se volvió todavía más y más rojo, rojo que trajo consigo la fría brisa
nocturna. Ya no se veía azul, aunque ese cielo seguía teniendo algo de luz; luz
que todavía permitía a sus niños jugar en la calle, aunque él sabía que su día
estaba cerca del final; final que le angustiaba es sus últimos rayos de sol.
Cayó la noche y se fue su día, un día que duró toda una vida, llena de
felicidad, cromos en el bolsillo, amores, sueños, amistad, besos, viajes,
vivencias, lecciones aprendidas y enseñadas, juegos con sus nietos… ¿y ahora?
Nada. La más negra oscuridad; en su mente la noche más terrible, pero aunque me
dicen que no, que él es ya noche cerrada, de vez en cuando veo en sus ojos
encenderse una estrella.

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