domingo, 10 de febrero de 2013

Mi santuario.

“Una tarde más en la escuela. Su clase ya ha terminado hace rato pero ella no sale todavía, como de costumbre: “Sigue ensayando dentro”, me dice su profesora cuando me ve esperándola en la calle. La verdad es que no me molesta que salga tarde, ya estoy acostumbrado. “Te esfuerzas demasiado” suelo decirla, solamente para chincharla. “Nunca mejorarás si no te esfuerzas al límite” me contesta, molesta por mi broma; yo la dejo ser...
En realidad esa pasión que siente por todo lo que hace es una de las cosas que más me gustan de ella.
Diez minutos, quince, veintidós, treinta... “Se está retrasando mucho” pienso, y decido entrar a buscarla. Recorro el pasillo que lleva a su clase, guiado por la música. La puerta está entreabierta y me asomo para ver qué está pasando en ese lugar, que es para ella un santuario. Y la veo. Bueno, la adoro con los ojos... Metida en esas mallas negras y con una de mis viejas camisetas de rock: Perfecta es poco. SU sudor hace que brille, como si desde dentro saliera toda la energía que tiene. Tras hacer un pequeño “relevé” para recolocar sus débiles tobillos y pasarse la mano por la frente, vuelve a poner la música y entonces comienza... Y yo entro en el cielo. Se mueve, se desenvuelve...  Es ella misma. Y se la ve feliz. Absorbido por su belleza y sus movimientos puros y ordenados y a la vez rebeldes, entro en estado de shock. Solo está ella y su danza; prácticamente no escucho ni la música. ¿Cómo puede ser mía tanta perfección? Misteriosa y sexy, como siempre y como nunca, continúa con su coreografía sin notar mi presencia. Yo me aprovecho de eso y sigo con los ojos posados en su cuerpo.


La canción termina y se queda quieta en la posición final; lo ha clavado y le brillan los ojos de pura felicidad. De pronto, se gira hacia la puerta, me ve y, sin sorprenderse y sonriendo, se dirige hacia mí: “Llevas mucho rato ahí, ¿verdad?” Y sin esperar si quiera a que la de una respuesta, me besa tiernamente en los labios, sujetando mi cabeza con sus manos; aún así se preocupa de que su cuerpo empapado en sudor por el esfuerzo no toque el mío... ¿Cree de verdad que después de haberla visto bailar de esa manera, con esa elegancia sensual; voy a permitir tal distancia? Y sin demorarme a penas un segundo, lo justo para entrar en su clase y cerrar la puerta, me la acerco todo lo que las leyes físicas me permiten... Y la beso; como nadie la había besado ni la besará jamás, ni siquiera yo.”

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