Espero y espero... No me queda otra. De vez en cuando, pego alguna cabezada, pero no me reconforta... Me pesan los ojos y el alma, y entre delirio y recuperación veo a lo lejos una figura conocida, amada, la cual viene hacia mí tambaleándose. Descarga todo su peso en las escaleras de entrada y golpea su preciosa cabeza en el suelo, gritando mi nombre. Tiro los restos del café y corro hacia él, con una sonrisa en los labios porque al fin ha aparecido. Le abrazo sin demora y beso los labios extrañados durante tantísimos días. Me mira a los ojos con la mirada ensuciada de tanta mala vida, pero profundizo en ellos y veo el amor y la sinceridad que me quiere transmitir. “No importa nada”, le digo, y le abrazo una vez más. Ahora todo está bien, a pesar de los días sin saber de él.
“Un solo día claro compensará los días negros”, Divisa de Giacomo Sannazaro.
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