sábado, 16 de febrero de 2013

Espera.

Otra vez esperando a que venga a casa a pasar la noche... Es la quinta consecutiva que me quedo aquí, sentada en el porche, con un café ya frío y una manta que no calienta mi sufrimiento, mirando hacia la entrada del jardín, deseosa de que esa portezuela de madera se abra y aparezca. Noche tras noche dejo la luz encendida para que sepa que su casa es esta, que a pesar de todo lo malo que haya podido hacer, aquí siempre será bienvenido... Pero los días pasan y nuestro hogar siempre amanece con media cama sin deshacer, fría y triste. Desearía que toda esa rabia que siente, todas sus penas y sufrimientos los ahogara en mí y no en las infinitas botellas que han pasado por sus labios, envenenándole cada vez más con su maldito contenido.
Espero y espero... No me queda otra. De vez en cuando, pego alguna cabezada, pero no me reconforta... Me pesan los ojos y el alma, y entre delirio y recuperación veo a lo lejos una figura conocida, amada, la cual viene hacia mí tambaleándose. Descarga todo su peso en las escaleras de entrada y golpea su preciosa cabeza en el suelo, gritando mi nombre. Tiro los restos del café y corro hacia él, con una sonrisa en los labios porque al fin ha aparecido. Le abrazo sin demora y beso los labios extrañados durante tantísimos días. Me mira a los ojos con la mirada ensuciada de tanta mala vida, pero profundizo en ellos y veo el amor y la sinceridad que me quiere transmitir. “No importa nada”, le digo, y le abrazo una vez más. Ahora todo está bien, a pesar de los días sin saber de él.


“Un solo día claro compensará los días negros”, Divisa de Giacomo Sannazaro.

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